Martirio

Tomando como fuente el libro publicado el año 2003 por D. Pedro Sánchez Trujillo titulado “La Fuerza de la Fe Vida y martirio de Juan Duarte Martín y recuerdo de otros mártires malagueños de 1936”, presentaremos el testimonio de unos seminaristas de Málaga:

Juan Duarte Martín, diácono, natural de la Yunquera, a 65 Km. de la capital malagueña, nacido un 17 de marzo de 1912, en el seno de una humilde y piadosa familia. Desde siempre manifestó su inclinación vocacional. Ingresó en el Seminario malagueño el año 1925 y tan a gusto se encontraba en él que cuando llegaban las vacaciones de verano estaba deseando regresar. Aquel era un seminario ejemplar y original, forjado según el proyecto del beato D. Manuel González, su santo obispo, en el que todo apunta a la formación de sacerdotes-Hostia para la salvación del mundo, en un ambiente familiar, sencillo, entregado y acogedor.

Cuando Duarte regresaba a su pueblo de vacaciones daba clases particulares y se preocupaba de la educación cristiana de los niños. Él y los demás seminaristas de Yunquera hacían exclamar a las gentes: “¡Qué alegría meten en el pueblo cuando llegan ellos!”. De Juan dicen que era el más abierto y alegre de todos los seminaristas, “cantaba mucho y muy bien”.
La noche del 11 de mayo de 1931, cuando la quema de Iglesias y conventos, Juan salvó su vida de milagro.
Ordenado ya de diácono, Juan llegó a su pueblo de vacaciones el 17 julio de 1936 y al día siguiente, estando reunido con otros seminaristas sufrió el primer registro en su casa por los rojos. A partir de ese momento ya se quitó la sotana para no preocupar a su madre, por el peligro que usarla conllevaba. Después vendrían otros registros, y en la mañana del día 7 de noviembre de 1936 también detuvieron a los seminaristas del pueblo José Merino Toledo y Miguel Díaz Jiménez, junto con un cuñado de Miguel y otro seglar. Les condujeron entre las localidades del Brugo y Ardales y el día 8 del mismo mes José Merino fue asesinado, después de ser mutilado de manos y órganos genitales, por negarse a blasfemar, y por su condición de seminarista. Miguel Díaz fue molido a palos y a cada golpe que le daban para que blasfemara él contestaba: “¡Viva Cristo Rey!, como Cristo perdonó a sus enemigos yo os perdono a vosotros”. Como no consiguieron que saliera la blasfemia de su boca lo dejaron descalzo y le obligaron a andar por encima de espinos que ardían. Después lo ataron a un olivo mientras los milicianos se comían un chivo asado. Cuando acabaron de cenar, uno de ellos, con la bayoneta en su fusil se la puso en el estomago, y como tampoco esta vez quiso blasfemar, lo atravesó dejándole clavado en el olivo, a lo que él respondió con una mueca de dolor: “A mi cuerpo le mataréis, pero a mi alma no”. Hasta su muerte continuó repitiendo : ¡Viva Cristo Rey! yo os perdono como Cristo perdonó a sus enemigos”. Al parecer le remataron a hachazos.

Tras la muerte de Merino y de “Miguelito”, que Juan Duarte había contemplado, le condujeron a Alora, donde vivió su propia pasión y muerte desde el día 8 al 15 de noviembre, y pudo demostrar su amor a Cristo por encima de todo. Llegó escoltado por los milicianos, le vieron llegar muy sereno, vestido con chaqueta de color claro, y le llevaron a la posada de Frasquita Dueña. De allí pasó a la “Garipola”, lugar de arresto en los bajos del Ayuntamiento. En ese lugar los milicianos le insistían para que blasfemara y como sólo respondía ¡Viva Cristo Rey! le pegaron mucho, como atestiguó una vecina que lo escuchó todo desde detrás de la persiana de su ventana. Diariamente fue torturado para que blasfemara, como así lo manifestó uno de sus verdugos al ser preguntado sobre su blusa manchada de sangre: “Vengo de dar una paliza a ese cura, y estas son las salpicaduras, para que vea usted lo tozudo que es. Ni aunque lo mate , consigo que se cague en Dios”. Una vecina lavó la camisa del diácono y estaba toda ensangrentada y rota de los latigazos y culatazos. De aquí lo bajaron a la cárcel que había en la Plaza Baja. Allí algunas personas buenas le dieron de comer, incluso, a escondidas, el carcelero.
Como las palizas no conseguían hacerle blasfemar le introdujeron cañas por debajo de las uñas y le producían descargas eléctricas en los órganos genitales mediante un cable conectado a una batería de coche, dos horas diarias, pero tampoco consiguieron que blasfemara.

Estando allí lo sacaban con frecuencia montado en un burro y lo paseaban por el pueblo entre burlas e insultos cantándole coplillas ofensivas, haciendo el mismo recorrido de las procesiones de Semana Santa.
A las bofetadas y puñetazos en el estomago para que blasfemara respondía :!Viva Cristo Rey! o ¡Viva el Corazón de Jesús!. A muchos de cuantos le vieron les recordó vivamente al Señor camino del Calvario.
La población estaba impresionada e incluso una persona fue a visitarle a la cárcel con la intención de que depusiera su actitud, pero le vio tan sereno y con tanta calma que no se atrevió ni a proponérselo.
Como pasaban los días y el seminarista no claudicaba le pusieron en la celda una chica de 16 años, amiga de un miliciano, para que le hiciera pecar contra la pureza. Pero no lo consiguió. Su novio-amigo le ayudó para que con una navaja de afeitar le cortara los testículos, como así hizo, y los paseó por el pueblo en un plato diciendo: ¡Son los huevos del curita. Si va a ser cura no los va a necesitar”, después le pidieron a la posadera que se los guisara, pero ésta los guardó en una caja de lata y los enterró junto a una pila de estiércol. Meses más tarde se los entregó a su madre.

Poco después lo llevaron hacia el arroyo Bujía, a un kilómetro de Alora donde, a pesar de que estaba muy débil por la pérdida de sangre, continuaron mutilándolo horriblemente. El dijo a sus verdugos: “podéis matar mi cuerpo pero no mi alma”.

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Arroyo Bujía en Álora, lugar del martirio del Beato Juan Duarte

Se sabe que fue abierto en canal, rociado de gasolina y prendido fuego, pues su sangre estaba cuajada y su carne cocida por el fuego. Sus piernas aparecieron partidas, pedazo a pedazo. Un buen hombre encontró su cuerpo abandonado y le enterró allí mismo junto a un olivo. Sus restos fueron trasladados de Alora al cementerio de Yunquera el 3 de mayo de 1937, y posteriormente depositados en la Iglesia parroquial de Yunquera el día 17 de noviembre de 1985.
Esperemos que muchos otros testimonios de mártires no se olviden, es más, también se les documente debidamente para que las Iglesias locales puedan iniciar su proceso de beatificación.