Carmen Duarte

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Carmen Duarte Martín, hermana del Beato Juan Duarte, fallecida el 19 de octubre de 2016 recordaba en 2007, desde la clausura del convento de las Carmelitas de Ronda, el secuestro y asesinato de su hermano en 1936. La monja, rodeada de sus familiares asistió, en la basílica de San Juan de Letrán, a la beatificación de su hermano y de otros 497 religiosos y seglares que murieron en 1934, 1936 y 1937

«Los asesinaron por el camino. Mi hermano fue vejado, golpeado y le pusieron descargas eléctricas durante tres horas. Una vez le llevaron a una mujer para que yaciera con él, para mofarse. Él se negó y eso molestó a los dos milicianos. Le pidieron a un barbero la navaja y, mientras uno lo sostenía, el otro le cortó sus partes. Luego se cansaron de él, lo subieron a un borrico y lo llevaron hasta el Arroyo Bujía. Allí, de primero, le abren todo el vientre de arriba a abajo, como un cochino, igual… Lo rocían todo de gasolina y le prenden fuego. Estaba vivo y consciente… Cuando ya moría, decía: ‘Ya lo veo, ya lo veo, ya lo estoy viendo’. El Señor diría voy a por ti… En el verano de 1936 mi hermano Juan tenía 24 años. Era diácono. Muy rubio, pero con los ojos azules… Tenía un lunar muy bonito en la cara, que nos hacía mucha gracia… ayyy, aquel lunar, ji, ji,ji… El 17 de julio llegó de vacaciones a Yunquera desde el seminario. Málaga se mantuvo fiel a la República y mis padres lo ocultaron en el campo. Pero una mañana de noviembre, mientras leía el breviario en la terraza, oímos a unos milicianos dando voces y llamando a la puerta. Mi madre se asustó y se asomó al terrado. ‘¿Juan, ay, escóndete, escóndete!’, le gritó. ‘¿Yo por qué me voy a esconder?’, respondió. Tras dos registros lo encontraron, lo sacaron de casa a fuerza de culatazos con el fusil. Con él iban también dos seminaristas: José Merino y Miguel Díaz y otros dos vecinos de Álora. Al más joven le sajaron una mano y a José Merino le cortaron el hombro con un hacha».

«Yo no estaba en mi casa, sino en otra donde aprendía a bordar. Cuando llegué, mi madre lloraba y mi hermano ya no estaba. Se lo habían llevado. No le volví a ver nunca más. Lo mataron salvajemente, como a un animal. Por eso creo que con esta beatificación se hace justicia. Aquel martirio le ha servido para alcanzar tanta gloria». A pesar de sus 87 años, la monja de clausura de la orden de las Carmelitas Descalzas Carmen Duarte conservaba perfectamente en la memoria lo que sucedió aquel 7 de noviembre de 1936 en la localidad de Yunquera, cuando los milicianos se llevaron a Juan Duarte para fusilarlo el 15 de aquel mes. Duarte, junto a Enrique Vidaurreta, fue elevado a los altares en la ceremonia de beatificación de 498 religiosos asesinados durante la Segunda República y la Guerra Civil española que se celebró en la plaza de San Pedro de Roma, presidida por el cardenal José Saraiva, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

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Enrique Vidaurreta

José Luis Vidaurreta no llegó a conocer a su tío Enrique. Sus recuerdos provienen de lo que su padre Santiago y su abuela, María de la Purificación, le contaron y de sus propias investigaciones. «Era una muy afable y alegre, a la vez que exigente y estricto. Mi tío era una persona muy inteligente y estudiosa y ha sido para nosotros un referente», comenta Vidaurreta, para quien es un «honor inmenso» que su familiar suba a los altares.

Aún así reconoce que le hubiera gustado que se hubiese celebrado antes. «Desde pequeño hemos oído hablar de la beatificación, pero nunca llegaba. Hubo incluso momentos de decaimiento», dice.

Hoy le ha llegado la hora. Del total de nuevos beatos, veintiuno de ellos fueron asesinados en la provincia de Málaga, tierra de la que eran, además de Duarte y Vidaurreta -ambos pertenecían al clero diocesano-, los agustinos Antonio Pancorbo López, de 46 años y Rafael Rodríguez Mesa, de 23 años, y el salesiano Pablo Caballero López, de 32 años.

Tras ser apresado junto a otros dos seminaristas, Duarte fue llevado a Álora, donde fue sometido a torturas: palizas, introducción de cañas bajo las uñas, aplicación de corriente eléctrica en sus genitales y paseos por el pueblo entre burlas. Incluso le introdujeron en su celda una muchacha joven para seducirle, lo que no consiguió. Tras todos estos internos para hacer que renegara de su fe, la noche del día 15 se le llevó a un lugar apartado, se le abrió en canal con un machete, le llenaron de gasolina el vientre y le prendieron fuego, murió perdonando y gritando. «¿Ya lo estoy viendo,… ya lo estoy viendo!».

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Desde su convento de clausura de Ronda, su hermana Carmen acudió a la beatificación de su hermano en 2007 a pesar de sus problemas de movimiento, «emocionada». «Era una persona muy querida en el pueblo, daba catequesis, llevaba a los niños de excursión, ayudaba a mis padres en el campo,… era muy buena persona, un auténtico santo», rememora Carmen, la única de sus cinco hermanos que quedaba entonces con vida.

Junto a ella estuvieron otros familiares, entre ellos el diputado socialista José Andrés Torres Mora, sobrino-nieto de Duarte y ponente de la Ley de Memoria Histórica. Desde la Ciudad del Vaticano Torres Mora afirmó que acudía «con el mismo orgullo personal y satisfacción» que los familiares del resto de beatificados. «Es justo que la iglesia, como organismo privado, beatifique a su mártires, como también lo es que el Estado haga una ley, como la de Memoria Histórica, para dignificar a todas las víctimas, sin distinción, que sufrieron en la Guerra Civil y el franquismo por la defensa de sus ideas», subrayaba, al tiempo que recuerda que en su familia se «hablaba poco de lo que le sucedió al tío Juan» porque la mera evocación «era muy dolorosa».

«La foto del tío Juan estaba en el comedor de la casa de mi abuela Ana. Yo tenía cuatro años cuando mis padres emigraron a Alemania y me quedé con ella. Esa foto forma parte de mi biografía hasta donde alcanza mi memoria. Era la única foto que había en casa de mi abuela, así que, probablemente, fue la primera que vi en mi vida», recuerda el diputado socialista, antiguo jefe de gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero, con quien, además de amistad, comparte un pasado común. «Sí, los dos hemos hablado de esto. Él de su abuelo, fusilado en 1936 por mantenerse fiel a la República tras el golpe militar, y yo de mi tío abuelo Juan, muerto por unos milicianos. Somos la historia de las dos Españas», resume. «Yo no comparto las ideas de mi tío, pero mucho menos comparto las de quienes le mataron», protesta.

Estos días, el diputado ha transitado por su memoria más triste y antigua. «A los pequeños se nos decía que, un día, durante la guerra, vinieron unos milicianos y se llevaron al tío Juan y lo mataron. Siendo adolescente conocí la historia completa. Tenía 14 ó 15 años y estaba ayudando a mi padre en el campo. Mientras esperábamos el agua le pregunté por lo que le pasó al tío Juan y me contó la historia con más detalle. Debió de ser todo tan amargo que no se hablaba de ello», dice.

La hermana Carmen, que salió de la clausura una única vez en 1985 para asistir al traslado de los restos de Juan Torres (nombrado entonces vererable) del cementerio a la iglesia de Yunquera tomó un avión rumbo a Roma. Tenía 86 años y pasó 76 en el convento. «Está feliz», dice su sobrino. Cuando uno la escucha hablar, recordar y reír sin asomo de odio, entiende quiénes han hecho posible la concordia. «La madre de mi tía abuela Carmen y su marido fueron los auténticos perdedores de la Guerra Civil», remacha el diputado. «No hay nada que valga más que un hijo».

La carmelita descalza Carmen Duarte, de la comunidad del Convento Eucarístico de Jesús en Ronda, falleció el miércoles 19 de octubre de 2016 a los 95 años. Las puertas de la Iglesia de la Merced se abrieron para que los fieles pudieran acudir a velar sus restos. La misa córpore insepulto tuvo lugar a las 12.00 horas.

Semblanza de la Hermana Carmen

Nace nuestra hermana Carmen en el seno de una familia profundamente cristiana y numerosa. Los que sobrevivieron a la gestación e infancia fueron 6: ella era la pequeña, como tal, fue sumamente amada por ellos, y ella corresponderá toda su vida con un amor reciproco a todos ellos, al igual que a los nuevos miembros que se le van añadiendo; sus cuñados/cuñadas., sobrinos y resobrinos.

Con cada nuevo retoño que nacía se le anchaba el corazón y los amaba a cada uno como si fuera el único e irremplazable, preocupándose por sus cosas, sufriendo con sus penas y alegrándose con ellos en sus logros y alegrías. Ellos, se sentían amados de verdad y correspondían con sus visitas a la “tía Carmen”. Aun los que vivían lejos no faltaban, en sus vacaciones al pueblo, la visita, ya tradicional, a la tía Carmen.

Pero la H Carmen no sólo tenía corazón para sus seres queridos, aunque fueran siempre un pucherito aparte, ella manifestaba un gran cariño a todo el que se acercaba a vernos, familias o amistades de las otras hermanas, y nunca dejaba de ir a verlos al locutorio. Cuando se enteraba que había un familiar o amigo etc. allí estaba ella para saber cómo estaban y dejarles saber que rezaba por ellos. Ellos le encomendaban sus necesidades que eran muy variopinto: unos por trabajo, otros por los hijos, y otros para que lograran dejar de fumar. Tanto es así, que el anuncio del fallecimiento de nuestra querida hermana, ha sido sentido por todas las familias, como algo propio.

Una amiga de una hermana, al saber que había fallecido preguntó: “No será la santita que siempre venía a verme al locutorio en la sillita de rueda, ¿verdad?”.

En su juventud fue catequista, y aun de mayor, los que la tuvieron como tal la recordaban con cariño y admiración. Había un familiar de una hermana que solía decir constantemente: “¡Fue mi catequista!”. La verdad es que tenía un “piquito de oro” al hablar del Señor y de nuestros santos padres, Sta. Teresa y San Juan de la Cruz, en cuyas doctrina había bebido y asimilado.

Dicen que los santos no nacen, se hacen: y nuestra hermana se hizo santa a través del ejercicio de las virtudes, la oración diaria “en el silencio y la esperanza fue su fortaleza” como nos dice la escrituras.

La paciencia fue su dominante; trabajadora, para los metales nadie como ella para dejarlos perfectos: algunos anagramas se perdieron entre sus manos. Cuando ella lo dejó nunca comentó si otra lo hacía bien o mal. No comparaba, tenía un gran olvido de sí misma.

Ella que tan bien se había manejado en la vida, cuando necesitó y se le empezó a ayudar, se dejó en las manos de las que la ayudaban sin decir: “¡así no!”. Últimamente no tenía muchas ganas de comer, o no le pasaba la comida, se iba una hermana a su lado para dársela. Ella protestaba: “¡no si yo puedo!”, pero al ver que la hermana se resistía, no repetía la protesta, a pesar de que le costaba.

A la hermana Carmen se le conocía por 3 nombres:

1. Carmen Duarte Martin: nombre de familia y de las aguas bautismales. La niña de la piel blanquísima y de los ojos claros y vivarachos, que a más de uno habría conquistado. Y como decía ella con toda sencillez: “y un pelo rubio que era la admiración del pueblo”.

2. H Carmen de Cristo Rey: nombre en la vida consagrada. “La H Carmen, la monja de Yunquera”, a la que venían a ver sus paisanos.

3. Y por ultimo: “¡la hermana del mártir!” Este nombre es, quizás, el más verdadero de todos.

Hay una frase que se usa mucho desde los primeros cristianos y es: “¡La sangre de mártires; semilla de nuevos cristianos!”. La H Carmen recordaba que ella nunca había pensado hacerse monja. Pero cuando el hermano murió, mártir en el ’36, después de una semana de brutales torturas, ella dice que entonces se le vino el deseo de ser Carmelita, aunque ella no las conocía. Su vocación era fruto del martirio de su hermano Juan, seminarista Diacono de 24 años que pronto se iba a ordenar.

Cuando habló con sus padres sobre entrar en el Carmelo, no se opusieron pero el Padre quiso que esperara un poco. A los 20 años entro en este Carmelo de Ronda, dejando a su pobre Madre que no se había recuperado de la muerte de su hermano Juan, pues a alguien se le ocurrió contarle, todos los pormenores, del brutal martirio de su hijo. Así que cuando Carmen se vino para el convento, la salud de la madre se resquebrajó aun más y a los pocos meses murió. Pero antes había dejado dicho, que a su Carmen, no le dijeran nada de su enfermedad y de su muerte, pues no quería que la vocación de su hija sufriera, si esta se decidía ir a verla. Ese desprendimiento, por parte de su madre, era el que había mamado la H Carmen, y el que ejercito en las adversidades que la vida le deparó.

Desde que Juan fue beatificado por el Papa Benedicto XVI, los seminaristas, de muchos seminarios, han desfilado por el locutorio de Ronda. Todos venían para: “ver a la hermana del mártir”. Y la escuchaban, embelesados, contar las anécdotas que ella recordaba de su hermano. Era emocionante ver a tantos chicos atentos a su voz.

Hablando de la fortaleza de la H Carmen, fue notable de ver a esta “anciana”, como ella se denominaba, tomar la decisión de acompañar al obispo de Málaga, junto con los peregrinos y los seminaristas, camino a Roma para la beatificación de su hermano Juan. Con su sillita de rueda, su capa blanca, y la imborrable sonrisa, hacía gente. Eran cantidad los seminaristas que se tomaban una foto de grupo, o un “selfie”, con la “hermana del mártir”, y ella feliz no comentaba las molestias del viaje. La señora, amiga de la comunidad, que la acompañó con un sobrino de la entonces Priora, decían: “¡Pero qué fuerte es la hermana Carmen!”

En tan resumida reseña solo nos queda decir que su muerte aconteció en dos días. Una fiebre que la metió en cama y el corazón que empezó a resentirse. Recibió la unción de enfermos y toda la comunidad reunida le cantó la salve, el credo y la canción “Grano de Trigo Soy”, asociada a su hermano. Se iba apagando poco a poco pero se le notaba consciente hasta el último momento, en el que una hermana le dijo: “H Carmen dentro de poco estarás abrazando a tu hermano. Dale un abrazo de todas”. En sus labios se dibujó una sonrisa, y dulcemente expiró.

Agradecemos una oración por el eterno descanso de la H. Carmen, ella siempre tan agradecida os lo recompensará, y pidan también por esta, su comunidad.

H. Isabel de la Stma. Trinidad. cd. Priora

Charlando con Carmen Duarte

Entrevista a Carmen Duarte